El riesgo geopolítico volvió a tener precio, y se reflejó en el petróleo. La tensión en torno al Estrecho de Ormuz fue suficiente para sacudir acciones, empujar los rendimientos al alza y reabrir la discusión sobre la inflación. En pocas horas, el mercado mostró ventas generalizadas alrededor del mundo, con el crudo marcando el ánimo de la jornada.
Wall Street cayó con fuerza, el S&P 500 llegó a perder hasta 2,5% y el Dow Jones más de 1.200 puntos, mientras el Brent superaba los US$85 por barril y el bono a 10 años trepaba a 4,06%. La combinación ya es conocida: petróleo arriba, aversión al riesgo, expectativas de inflación y recortes de tasas en revisión.
El giro llegó cuando Donald Trump prometió garantías de seguro y escolta naval para mantener abierto el flujo de crudo. No disipó el riesgo geopolítico, pero sí moderó el peor escenario inmediato. Las bolsas recortaron pérdidas y el petróleo enfrió parte del rally.
Ahora bien, ¿esto es el inicio de algo más profundo? Goldman Sachs (GS) pone un umbral claro: sin un aumento sostenido del petróleo, el impacto tendería a “localizarse” en sectores y regiones, no a convertirse en crisis bursátil global. Deutsche Bank va en la misma línea histórica: para que un shock petrolero hunda la bolsa, suele necesitarse un alza de 50%-100% y un daño macro evidente. Nada de eso ha ocurrido todavía.
Sin embargo, es un alivio sin certezas. El impacto no ha dejado de sentirse y en América Latina las bolsas tuvieron su mayor caída en 11 meses. Además, el dólar se consolida como refugio, pues el shock no es solo bursátil: es cambiario, energético y potencialmente monetario.
La clave, ahora, es la duración. Si el petróleo se estabiliza, el episodio quedará como volatilidad. Si se instala en niveles más altos, la discusión sobre inflación y tasas volverá al centro del tablero. Y ahí el mercado reacciona con menos paciencia.
















