Mendoza D

Elecciones locales en tiempos de desconexión

En tiempos donde la participación es optativa en términos emocionales, la legitimidad no se mide sólo por el resultado, columna de opinión de Lucas Inostroza, codirector de Opinión Mendoza

Columna de opinión de Lucas Inostroza, publicista, analista y codirector de la consultora Opinión Mendoza

Las elecciones municipales que se desarrollaron en seis departamentos mendocinos dejaron un dato que va más allá de los resultados: en promedio, menos de la mitad del padrón participó.

Pero el problema no es estadístico. Es simbólico.

El desdoblamiento electoral se pensó como una herramienta para fortalecer lo local, despegar la discusión municipal del ruido nacional y recuperar centralidad territorial. La hipótesis era que, liberada del arrastre presidencial o provincial, la política de cercanía encontraría mayor protagonismo.

Lo que ocurrió fue más complejo.

En los municipios más pequeños, donde la relación entre dirigente y vecino sigue siendo directa y reconocible, la participación resistió. Allí la política todavía es vínculo, no abstracción.

En cambio, en los grandes centros urbanos, la convocatoria fue sensiblemente menor. Y eso debería encender una luz de alerta. No por la legalidad del proceso, sino por la calidad del vínculo.

El Concejo como institución débil

La elección dejó algo en evidencia: el Concejo Deliberante sigue siendo una institución de baja identificación ciudadana.

En la práctica, los intendentes volvieron a ser el rostro de las campañas. Oficialismos y oposiciones se estructuraron en torno a liderazgos ejecutivos. Los concejales —quienes efectivamente se elegían— quedaron en un segundo plano.

Eso revela una tensión estructural: la política municipal gira cada vez más en torno a la figura del intendente y cada vez menos en torno a la deliberación colectiva.

Cuando la representación se personaliza en exceso, el órgano legislativo pierde espesor simbólico. Y cuando una institución pierde espesor simbólico, pierde interés social.

La ilusión de la “agenda local”

También quedó en cuestión una premisa que parecía indiscutida: que la ciudadanía desea separar los planos y discutir lo municipal por fuera del clima nacional.

La experiencia sugiere otra cosa. El votante urbano ya no ordena su participación por niveles institucionales. Ordena su participación por intensidad emocional, por percepción de impacto directo y por capacidad de interpelación.

Si una elección no logra construir sentido inmediato, queda fuera del radar. No es apatía. Es selección.

La política local compite hoy con un ecosistema saturado de información, crisis económicas persistentes y agendas nacionales que monopolizan la conversación pública. En ese contexto, pedirle al ciudadano que distinga cuidadosamente planos administrativos puede ser una sobreestimación.

Desdoblar como estrategia defensiva

Muchos intendentes decidieron desdoblar en un contexto de reacomodamiento nacional. Fue una jugada estratégica comprensible: proteger el territorio, evitar arrastres adversos, administrar tiempos propios.

Sin embargo, la política no es sólo estrategia interna. También es percepción externa.

Cuando la ciudadanía percibe que el calendario electoral responde más a conveniencias dirigenciales que a necesidades colectivas, el incentivo para participar disminuye.

No hay indignación masiva. Hay desinterés silencioso. Y el desinterés es más difícil de combatir que la confrontación.

El problema no es quién ganó

Oficialismos celebran triunfos. Oposiciones celebran avances. Todos encuentran algún motivo para reivindicar el resultado. Pero el interrogante de fondo es otro: ¿qué legitimidad simbólica tiene una institución cuando más de la mitad del electorado decide no participar?

No se trata de deslegitimar gobiernos. Se trata de asumir que la política municipal atraviesa una transformación cultural.

La sociedad ya no funciona bajo el modelo de pertenencia permanente. La participación es intermitente. Se activa cuando algo interpela y se desactiva cuando no encuentra sentido.

En ese esquema, la elección de concejales, por sí sola, parece insuficiente como evento movilizador.

Una advertencia hacia adelante

El riesgo no es inmediato ni dramático. No estamos ante una ruptura institucional. El riesgo es progresivo.

Si la política local no logra reconstruir relevancia en los grandes centros urbanos, el Concejo Deliberante corre el riesgo de volverse una institución cada vez más técnica y menos política en el sentido profundo del término.

Y cuando la política pierde densidad simbólica, el vacío no queda vacío. Se llena con simplificaciones, con relatos externos o con liderazgos que se construyen por fuera de las estructuras tradicionales.

Estas elecciones dejan una conclusión que trasciende a cada departamento:
no alcanza con administrar el territorio. Hay que reconstruir sentido.

Porque en tiempos donde la participación es optativa en términos emocionales, la legitimidad no se mide sólo por el resultado. Se mide por la convocatoria.

Y la convocatoria, hoy, es el verdadero desafío.

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