Mendoza D

Amor en Tiempos de Algoritmos

Microrelato escrito por Facundo Terraza, columnista y escritor, autor de la obra "Lagrimas del Pecado"

Facundo Terraza (38) es un escritor, columnista y autor de la obra «Lagrimas del Pecado», que obtuvo el prestigioso premio a Mejor Novela de Ficción y Terror Psicológico en el Centro Cultural Palabras Convocantes de Mendoza.

Relaciones modernas en Tiempos de Descarte

Juan y Natalia compartieron toda una vida de complicidad. Se conocieron cuando sus pies apenas alcanzaban los pedales de las bicicletas en las veredas del barrio, crecieron protegiéndose el uno al otro y forjaron un vínculo que parecía inquebrantable tras dos décadas de amistad pura. El día que Juan finalmente se declaró, el aire se sintió más ligero; salían a cenar, caminaban de la mano por las mismas plazas de su infancia y planeaban un futuro común. Sin embargo, la solidez de esos veinte años se desmoronó en un segundo cuando Juan descubrió el perfil de Natalia en OnlyFans. No hubo preguntas, no hubo intentos de entender el contexto ni espacio para el diálogo. El choque entre su idealización romántica y la realidad digital de ella activó un mecanismo de defensa radical. Juan borró su rastro de la faz de su mundo digital: bloqueos, eliminaciones de contactos y un silencio de hielo. Cuando ella, desesperada y confundida, lo interceptó en la calle buscando una explicación al vacío repentino, Juan solo pudo vomitar insultos cargados de una furia que escondía un dolor profundo. El amor de toda una vida se extinguió sin un adiós, reemplazado por un rencor que los convirtió en extraños de la noche a la mañana.

Verónica y Fernando se conocieron bajo el algoritmo de una aplicación de citas, donde la atracción inicial fue inmediata. Durante seis meses vivieron una intensidad que parecía amor verdadero, compartiendo cenas, risas y noches largas. Pero la novedad comenzó a desgastarse. Verónica empezó a notar detalles que antes ignoraba, centrándose especialmente en el mal aliento de Fernando, una justificación física para un aburrimiento emocional que no quería admitir. Ella, que gestiona su vida sentimental como un inventario de opciones, mantenía una lista de candidatos en la recámara, hombres con los que seguía chateando «por si acaso». Sin mediar palabra, sin dar un cierre a los seis meses de historia, simplemente dejó de responder los mensajes de Fernando. Saltó al siguiente nombre en su lista: Cristian. Él representaba la frescura y, sobre todo, ese aliento limpio que ella buscaba para tapar su incapacidad de profundizar en una relación más allá de la etapa del entusiasmo inicial.

Nahuel vivía una fantasía de invulnerabilidad. Con tres mujeres orbitando su vida al mismo tiempo, sus fines de semana eran una secuencia interminable de asados, fiestas y el rugido del motor de su auto. Se sentía el centro del mundo hasta que el castillo de naipes se desplomó. El despido laboral fue el primer dominó; luego vino la venta del auto para pagar deudas y finalmente la humillación de no poder sostener un alquiler, lo que lo obligó a regresar a la habitación de su infancia en casa de su madre. La reacción de las mujeres con las que salía fue matemática: sin auto para pasar a buscarlas y sin dinero para financiar las salidas, el interés de ellas se evaporó instantáneamente. Nahuel pasó de la abundancia superficial al aislamiento absoluto. El silencio de su teléfono lo hundió en una depresión oscura que intentó anestesiar con alcohol y sustancias cada vez más fuertes. El ciclo de autodestrucción terminó una mañana gris, cuando despertó en una cama de hospital, rodeado de paredes blancas y un silencio sepulcral, dándose cuenta de que en su momento de mayor necesidad, estaba completamente solo.

Gabriel ha convertido su cuerpo en un templo de armadura. Su vida es una sucesión de series en el gimnasio, kilómetros recorridos bajo el sol y la conquista de cimas de cerros; para él, la excelencia física es la única moneda de valor. Lorena lo ama con una devoción constante, buscándolo en cada oportunidad, pero Gabriel la rechaza con una frialdad cruel, argumentando que su peso no está a la altura de sus estándares. Él vive bajo una filosofía de supervivencia del más fuerte, una versión distorsionada del «macho alfa» que predica en sus redes sociales, donde publica que solo los guerreros merecen compañía. Mientras estudia ingeniería, proyecta sus deseos en Gimena, una modelo con la que ni siquiera sale, convencido de que ella dejará a su novio por él en cuanto vea su progreso físico. Desprecia públicamente a cualquier mujer que no encaje en su canon de perfección, ocultando tras sus gritos de superioridad una soledad amarga que solo sabe llenar con más entrenamiento y desprecio hacia los demás.

Julieta tiene 22 años y consume las noches de los miércoles a los sábados como si fueran oxígeno. Su rutina es el desenfreno: alcohol, música a niveles ensordecedores y despertar frecuentemente en sábanas de hombres cuyos nombres olvida antes de salir de la habitación. Aunque frente a sus amigas sostiene la bandera de que «la joda es lo mejor», hay un hueco en su pecho que se ensancha cada vez que vuelve a su casa al amanecer. Se autoconvence de que la juventud es una fuente inagotable de energía y que tiene tiempo de sobra para «ser seria» cuando llegue a los 40. Para ella, la felicidad es una distracción constante, un escape hacia adelante para no tener que enfrentarse a la pregunta de qué es lo que realmente le falta. Julieta corre contra el reloj de la noche, esperando que la próxima fiesta finalmente sea la que logre llenarla por completo.

Julián vive atrapado en el brillo de su pantalla, navegando entre seis aplicaciones de citas diferentes. Gasta gran parte de su sueldo en servicios sexuales ocasionales y suscripciones premium, buscando una validación que nunca llega a ser suficiente. Se jacta ante sus amigos de su falta de compromiso, comparando las relaciones con la pesca deportiva: capturar la mayor cantidad posible sin quedarse con ninguna. Tiene incluso una libreta donde anota frases de conquista y estrategias de manipulación emocional. Sin embargo, la fachada de conquistador moderno se agrieta los domingos por la tarde, cuando el silencio del patio lo obliga a enfrentarse a su propio vacío y termina llorando sin consuelo. Su solución es siempre la misma: pedir dinero prestado si es necesario para buscar un nuevo encuentro fugaz, convencido de que la próxima piel será la que finalmente lo haga sentir «renovado», reiniciando un ciclo de ansiedad y evasión.

Romina ha decidido que el amor es una estafa. Tras una serie de decepciones que le dejaron cicatrices profundas, levantó un muro infranqueable a su alrededor. Se refugia en su éxito profesional como gerente, utilizando su carrera y su exigente rutina de entrenamiento como un escudo contra cualquier intento de intimidad. Proclama a los cuatro vientos que la soledad es su mejor compañera y que no necesita a nadie, mucho menos a un hombre, para estar completa. Su día está cronometrado al milímetro para evitar el pensamiento ocioso. En sus redes sociales, proyecta una imagen de mujer empoderada e inalcanzable, subiendo fotos sugerentes acompañadas de frases de autoayuda que intentan convencer al mundo —y a ella misma— de que es plenamente feliz. Pero detrás de la pantalla, en los breves instantes de quietud, Romina siente un vacío persistente que ninguna meta laboral ni ninguna foto con miles de «likes» logra mitigar, sin entender que su autosuficiencia extrema es solo otra forma de miedo.

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