Por Victor da Vila, codirector de la consultora «Opinión Mendoza»
Las elecciones municipales del 22 de febrero en Mendoza dejaron un dato imposible de ignorar: más del 50% del electorado decidió no votar. Es la participación más baja registrada en comicios locales y, más que un resultado electoral, funciona como una señal política de época. El ausentismo deja de ser una anomalía estadística y pasa a convertirse en el dato central para entender la Argentina electoral que empieza a emerger.
La pregunta relevante ya no es por qué ganó uno u otro espacio, sino qué expresa esa mitad de la sociedad que eligió no participar. Leer este fenómeno únicamente como apatía, desinterés o crisis institucional conduce a diagnósticos incompletos. Lo ocurrido no describe el retiro ciudadano de la política, sino una transformación profunda en la forma en que la sociedad se vincula con ella. Lo que está en discusión no es solamente la participación electoral, sino el significado mismo de participar.
¿La gente dejó la política?
Existe una interpretación clásica: si menos gente vota, la ciudadanía se aleja de la política.
Pero hoy sucede algo distinto.
La sociedad no abandonó la política; abandonó la forma tradicional de relacionarse con ella. El votante actual ya no actúa por obligación cívica ni por identidad partidaria permanente. Participa cuando siente que algo importante está en juego y se retira cuando percibe administración rutinaria.
El ausentismo no es indiferencia. Es selección.
El ciudadano decide cuándo entrar y cuándo salir del juego político.
Y esa decisión es profundamente política.
No faltó información: faltó sentido
Se ha dicho que los intendentes no lograron “informar” adecuadamente las elecciones desdobladas. Ese diagnóstico es incompleto.
En 2026 nadie deja de votar por falta de información. Las elecciones estuvieron en redes, medios y conversaciones públicas. El problema no fue comunicacional; fue narrativo.
No se construyó clima electoral.
La política contemporánea no moviliza con calendarios ni con estructuras territoriales. Moviliza cuando logra instalar una emoción colectiva: amenaza, esperanza, enojo o cambio. Donde no hay emoción, no hay participación.
La alianza Milei–Cornejo: más que una maquinaria electoral
Definir al oficialismo como una “maquinaria poderosa” describe el resultado, pero no explica el fenómeno.
Lo que funciona no es una máquina. Es una sincronización emocional.
La alianza combina dos elementos que hoy el votante busca simultáneamente: orden provincial (gestión, previsibilidad, administración) y ruptura nacional (enojo, cambio, anti-sistema).
Cornejo representa estabilidad. Milei representa disrupción.
El elector no evalúa coherencia ideológica entre ambos. Evalúa si esa combinación reduce su incertidumbre personal.
El “elector solapado” no es nuevo: es el votante del presente
Uno de los conceptos más interesantes del análisis publicado es el del elector solapado: votantes que valoran a un intendente pero terminan eligiendo la boleta provincial o nacional dominante.
En realidad, ese votante no está oculto. Es el nuevo estándar democrático. La identidad política estable se debilitó. Hoy el votante puede aprobar una gestión municipal peronista, simpatizar con un gobernador radical y votar a un presidente libertario sin sentir contradicción alguna.
La política dejó de ser tribal. Se volvió episódica.
Cada elección se decide de nuevo.
La falsa polarización
También aparece la idea de una polarización “Milei vs antimileísmo”. Pero no estamos frente a una polarización clásica entre dos proyectos equivalentes. Existe una asimetría: un polo genera identidad emocional fuerte; el otro se organiza principalmente como rechazo.
La política emocional tiene una regla constante: quien representa deseo suele imponerse sobre quien representa resistencia. No gana necesariamente el que tiene razón. Gana el que expresa mejor el clima social.
Y esa misma dinámica explica por qué muchos ciudadanos optan directamente por no votar: cuando no encuentran una emoción que los convoque, simplemente se retiran del proceso electoral.
Cuando vota menos gente, permanecen en el sistema quienes poseen mayor intensidad política: adhesión fuerte, enojo claro o identificación emocional definida. La elección deja de ser una competencia abierta y pasa a ser una competencia de intensidad.
Por eso los distritos pequeños participaron más: allí todavía existe comunidad y el acto de votar conserva valor social. En los grandes centros urbanos, la elección compite contra algoritmos, plataformas y entretenimiento permanente. La política ya no monopoliza la atención pública.
La verdadera transformación: entramos en la era emocional
Muchos análisis describen correctamente los síntomas —fragmentación, redes sociales, pérdida de autoridad institucional— pero extraen una conclusión nostálgica: habría que volver a la centralidad política de antes. Ese mundo no vuelve.
Como advierten tanto Jaime Durán Barba como Giuliano da Empoli desde perspectivas distintas, la política contemporánea dejó de organizarse alrededor de partidos, doctrinas o estructuras tradicionales. Hoy gobierna quien interpreta emociones sociales antes que quien ordena instituciones.
La legitimidad ya no nace del cargo. Nace de la conexión emocional.
Las elecciones municipales no demostraron solamente quién ganó territorios. Mostraron algo más profundo: más de la mitad del electorado decidió no participar. Eso transforma completamente el escenario político.
El desafío estratégico ya no es convencer al votante opositor. El desafío es convencer a los ausentes de que vale la pena volver a votar.
Quien logre hablarle a ese electorado invisible no definirá solamente una elección municipal: definirá quién interpreta el próximo clima político de Mendoza.











