Mendoza D

La política no está en crisis: está fuera de época

Columna de opinión de Lucas Inostroza, analista política, publicista y director de la consultora Opinión Mendoza

Lucas Inostroza es analista política, publicista y director en la consultora Opinión Mendoza

Durante décadas discutimos la política como si el problema central fuera qué ideas defender, qué programa proponer o qué partido ordenar mejor. Esa discusión hoy resulta insuficiente. No porque esté mal planteada, sino porque el terreno sobre el que se apoyaba ya no existe, está fuera de época.

No estamos frente a una crisis clásica de representación. Estamos ante algo más profundo: la disolución de las estructuras que organizaban la vida social. Los partidos, los sindicatos, las iglesias, los medios tradicionales y hasta las identidades ideológicas funcionaban como intermediarios estables entre individuos y sociedad. Hoy esas mediaciones ya no ordenan la experiencia cotidiana de millones de personas.

No es que esas estructuras se estén rompiendo: se están desvaneciendo.

La política, en ese contexto, dejó de ser un sistema de pertenencias duraderas para convertirse en un sistema de entradas y salidas. El ciudadano contemporáneo no quiere “ser parte” en los términos clásicos. Quiere participar cuando lo considera relevante, retirarse cuando deja de serlo y volver a entrar sin pedir permiso.

La militancia permanente fue reemplazada por una lógica mucho más parecida a un “modo suscripción”. Se participa mientras hay sentido, beneficio o reconocimiento. Muchas veces ese beneficio es simplemente ser visto, escuchado o reconocido.

Este cambio no es una degradación moral de la política. Es un cambio cultural profundo.

Como viene señalando varios analistas políticos, insistir con las lógicas del siglo XX en este contexto es como querer usar una máquina de escribir en la era de la inteligencia artificial. No es que esté mal: es que no conecta con la forma en que hoy se construye sentido colectivo.

La política dejó de organizarse alrededor de programas racionales y pasó a organizarse alrededor de sentimientos, identidades flexibles y experiencias compartidas. Ya no importa tanto lo que se dice, sino qué provoca. Las palabras dejaron de valer por lo que explican y empezaron a valer por lo que hacen sentir.

El fenómeno Milei es una expresión clara de este cambio, pero no es una excepción argentina, es una tendencia global. Su fuerza inicial no estuvo en la coherencia económica ni en la precisión técnica, sino en la disonancia. En romper el clima emocional dominante, en hablar distinto, en exponerse distinto y en narrarse distinto. El espectáculo, la confrontación directa y la intimidad construyeron sentido antes que doctrina.

Cuando se habla de la “muerte de la Ilustración” en la política, no se está diciendo que la razón ya no importe. Se está diciendo algo más incómodo: la razón ya no organiza la acción colectiva. Hoy la inteligencia artificial procesa conceptos mejor que cualquier humano. Pero la política no compite en conceptos: compite en emociones, identidades y experiencias.

El problema no es que los partidos tradicionales estén en crisis. El problema es que no terminan de entender el vacío que dejaron. Ese vacío no se llena con más liturgia partidaria, más épica ideológica o más pureza doctrinaria. Se llena con formas nuevas de participación, con reconocimiento, con capacidad real de incidencia y con la sensación —aunque sea momentánea— de que la política registra a quien está del otro lado.

Por eso crecen los outsiders. Por eso conviven la abstención y los estallidos emocionales imprevisibles. Por eso las identidades rígidas pierden fuerza frente a vínculos más frágiles pero más intensos.

Nada de esto garantiza democracias mejores ni peores. Garantiza democracias distintas. La pregunta ya no es cómo volver a ordenar lo que se desarmó, sino qué formas nuevas de organización política pueden emerger en una sociedad donde la gente no quiere quedarse, sino participar cuando le sirve.

Quien entienda esto sin nostalgia y sin cinismo va a tener una ventaja enorme. Quien siga discutiendo quién levanta más alto la bandera de un partido que ya no convoca, va a seguir hablándole a una estructura que dejó de existir.

La política no murió. Murió la manera en que creíamos que funcionaba.

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