INDEC, metodología y malestar social.
La reciente salida de Marco Lavagna de la conducción del INDEC reavivó la discusión sobre cómo se mide la inflación en la Argentina. El desplazamiento del funcionario estuvo directamente vinculado a la postergación de la nueva metodología para calcular el Índice de Precios al Consumidor (IPC), una decisión atribuida al Gobierno nacional, que optó por frenar la actualización de la canasta de bienes y servicios.
El debate, de fuerte contenido técnico pero con claras implicancias políticas, volvió a poner en primer plano las críticas al esquema vigente, basado en patrones de consumo del año 2004. Para Guido Lapa, economista y uno de los especialistas que viene advirtiendo sobre este desfase, la canasta actual “quedó vieja” y ya no refleja la estructura real del gasto de los hogares.
Según explicó, hace veinte años los bienes representaban una porción mucho mayor del destino de los ingresos. Hoy, en cambio, los servicios ocupan un lugar central. Esa diferencia es clave para entender por qué muchas personas sienten que su inflación es más alta que la que informa el INDEC. De acuerdo con sus estimaciones, si se utilizara la canasta construida a partir de la Encuesta Nacional de Gastos de los Hogares 2017–2018, los salarios habrían perdido alrededor del 9,9% en 2024, frente al 1,1% que surge con la metodología actual.
Lapa remarca además que durante el último año los bienes aumentaron cerca del 96%, mientras que los servicios lo hicieron alrededor del 189%, una brecha que no queda plenamente reflejada en el índice oficial. Este cambio en la composición del gasto ayuda a explicar la caída en el consumo de alimentos básicos como leche y carne, así como la reducción de otros bienes de consumo masivo: una parte cada vez mayor del ingreso se destina a tarifas, alquileres y transporte.
En este contexto, la actualización de la canasta implicaría un IPC más elevado, principalmente por el mayor peso de los servicios públicos y gastos regulados, un dato políticamente sensible en momentos en que el Ejecutivo busca consolidar un relato de desaceleración inflacionaria.
La posición de Mendoza: sin cambios unilaterales mientras Nación no defina el nuevo esquema
En este marco, la Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas de Mendoza (DEIE) confirmó que continuará utilizando el mismo índice que venía publicando, en coordinación con el INDEC, y que no avanzará en modificaciones propias mientras el organismo nacional no oficialice el nuevo esquema.
Desde la repartición provincial señalaron que se está trabajando en la construcción de una nueva canasta de bienes y servicios bajo parámetros unificados. El objetivo es evitar distorsiones y garantizar comparabilidad entre jurisdicciones.
“La Provincia prioriza la unificación de criterios para evitar confusiones en la ciudadanía y asegurar indicadores comparables. La implementación de la nueva metodología se definirá en función de las decisiones que adopten las autoridades nacionales”, indicaron desde la DEIE.
Así, Mendoza opta por mantener alineado su IPC al nacional, a la espera de una definición oficial sobre los plazos y características del cambio metodológico.
La percepción ciudadana: inflación en baja, malestar persistente
Mientras se discuten los criterios técnicos, la experiencia cotidiana de los hogares muestra otra cara del fenómeno. Un relevamiento reciente realizado en el Gran Mendoza por RZ Consultora revela una brecha cada vez más marcada entre la inflación medida y la inflación vivida.
Aunque el INDEC informó que en diciembre de 2025 la inflación mensual fue del 2,8% y la interanual alcanzó el 31,5%, el 65% de los mendocinos afirma que la suba de precios impactó “mucho” o “bastante” en su economía personal durante los últimos 30 días
La encuesta identifica a vivienda y servicios como el rubro que más aumentó y más afectó a los hogares (52,97%), seguido por transporte (11,44%) y comunicaciones (10,17%). Se trata de gastos rígidos, regulados y no postergables, que se siente como una carga cada vez más pesada. Incluso con una inflación que evidentemente ha decrecido en relación a periodos anteriores.
El impacto también se refleja en los hábitos de consumo: reducción de salidas recreativas, postergación de viajes y cautela frente a la compra de bienes durables, incluso ante eventuales bajas de precios. Predomina un comportamiento defensivo, orientado a preservar ingresos frente a la incertidumbre.












