Columna de opinión de Adriana Iranzo, Secretaria General Adjunta ATE.
Hay un dolor que no sale en los informes oficiales, no aparece en los gráficos y en los discursos.
Es el dolor silencioso de la vida cotidiana.
El que se mete en las casas cuando cae la noche y ya no quedan fuerzas.
Es el dolor de trabajar todos los días. y aún así no llegar, de hacer cuentas una y otra vez, de tachar gastos, de explicarle a los hijos que este mes no se puede.
Cuando hablamos de trabajo, no hablamos solo de empleo, hablamos de identidad, de dignidad, de sentir que el esfuerzo tiene sentido.
Por eso, cuando desde el poder hablan de reforma laboral, no están hablando de leyes,
están hablando de cómo vamos a vivir, de si vamos a poder enfermarnos sin miedo,
de si vamos a poder decir que no, de si vamos a poder llegar a viejo con algo más que cansancio.
Cada derecho que se quita vive en carne propia.
Menos salario no es un número, es menos comida.
Menos estabilidad no es una palabra, es miedo permanente.
Peores condiciones laborales no son tecnicismo, son cuerpos agotados, cabezas quemadas, vidas postergadas.
Cuando el salario se achica, se ajusta una estadística, se ajusta la heladera, se ajusta la mesa familiar, se ajusta la posibilidad de soñar.
Nos dicen que esto es necesario, que hay otra opción, que hay que adaptarse.
Pero ¿adaptarse a qué? a vivir peor, aceptar que el trabajo ya no alcanza para vivir.
Los trabajadores y trabajadoras somos quienes sostenemos la vida real, somos quienes movemos la los barrios, los comercios, las escuelas, los hospitales.
Cuando nos empobrecen, empobrecen todo.
No hay país posible con salarios de miseria ni con derechos recortados. Y hay una injusticia que duele doble cuando el trabajo se precariza.
Las primeras en caer somos las mujeres, las que cobramos menos, las que cuidamos, las que cargamos con hogares enteros sobre los hombros, las que aceptamos lo inaceptable para que los chicos no pasen hambre.
Defender derechos laborales también es defender igualdad, justicia y humanidad.
No es verdad que esto sea inevitable, no es verdad que no haya alternativa.
Lo que hay son decisiones políticas que eligen ajustar siempre sobre los mismos.
Porque si los trabajadores pierden derechos, todo se rompe. No hay hospitales que funcionen con personal mal pago.
No hay escuelas vivas con docentes empobrecidos.
No hay jubilaciones dignas si se destruye el trabajo hoy.
Por eso rechazar esta reforma laboral no alcanza.
Es apenas el primer paso. Tenemos que ir por más, por trabajo digno, por salarios que alcance, por un estado que cuide y no castigue.
Este 11 de febrero no es una fecha más, es una oportunidad para salir del silencio, para mirarnos a los ojos, para entender que no estamos solos.
No se trata de ideología, se trata de vida, de empatía, de no naturalizar el sufrimiento, porque nadie va a defender nuestros derechos por nosotros, porque el trabajo no se negocia, porque la dignidad no se entrega, porque cuando el pueblo se anima a sentir, a unirse y a luchar, la historia vuelve a escribirse del lado de quienes trabajan, cuidan y sostienen este país de todos los argentinos.












