La tormenta llegó sin prólogo y se instaló con violencia. En pocas horas, el cielo descargó sobre Mendoza una combinación de lluvia intensa, granizo y ráfagas de viento que alteró la rutina urbana y volvió a colocar a la provincia en alerta naranja, con un pronóstico que lejos estuvo de ofrecer alivio inmediato. Las imágenes se repitieron con rapidez: calles anegadas, árboles caídos, cortes de energía y barrios enteros tratando de adaptarse a una situación que, aunque no inédita, volvió a desbordar la capacidad de respuesta.
Durante la noche y la madrugada, el fenómeno se extendió sobre el Gran Mendoza, el Este y sectores del Valle de Uco. Las precipitaciones persistentes activaron crecientes en cauces secos y pusieron en tensión al sistema de drenaje urbano. En varios puntos, el agua avanzó con rapidez sobre calzadas y veredas, obligando a desvíos, interrupciones del tránsito y operativos de emergencia para despejar zonas críticas.
Pero el impacto de la tormenta no se midió solo en lo visible. Mientras el agua caía con fuerza desde el cielo, comenzó a faltar en los hogares. Las intensas lluvias afectaron el funcionamiento de plantas potabilizadoras y sistemas de bombeo, generando cortes y baja presión en el suministro de agua potable en distintos barrios. A la inestabilidad hídrica se sumaron interrupciones eléctricas que agravaron el escenario, especialmente en sectores que dependen de estaciones elevadoras para garantizar el servicio.
La paradoja fue inmediata y contundente: una provincia atravesada por el exceso de agua, pero con dificultades para asegurarla en condiciones seguras dentro de las viviendas. En algunos barrios, la incertidumbre se trasladó a las tareas más básicas —higiene, limpieza, cuidado de personas mayores— justo cuando la humedad y el calor incrementaban los riesgos sanitarios.
Con el correr de las horas, la alerta meteorológica se mantuvo activa. Los pronósticos indicaron la posibilidad de nuevas tormentas, con especial énfasis en la caída de granizo y la actividad eléctrica. La recomendación oficial fue clara: reducir la circulación, asegurar objetos sueltos y extremar precauciones, especialmente en zonas propensas a anegamientos o cercanas a cauces.
En paralelo, los servicios públicos comenzaron un lento proceso de normalización, condicionado por la persistencia del mal tiempo. Cada mejora parcial quedó sujeta a la evolución del clima, en una dinámica que expuso la fragilidad de la infraestructura frente a eventos extremos cada vez más frecuentes.
La tormenta no dejó solo un saldo material. Dejó también una postal conocida pero inquietante: la de una Mendoza que, frente a lluvias intensas, vuelve a quedar en estado de vulnerabilidad. Calles convertidas en ríos, servicios esenciales interrumpidos y una población obligada a reorganizar su día a día bajo la lógica de la emergencia.
Cuando el agua empiece a retirarse y el cielo vuelva a abrirse, quedará el registro de una jornada marcada por la tensión climática y sus consecuencias. Una más en una serie que ya no parece excepcional, sino parte de una nueva normalidad donde cada tormenta funciona como recordatorio de los límites —y las deudas— que aún persisten.











