
Facundo Terraza (38) es un escritor, columnista y autor de la obra «Lagrimas del Pecado», que obtuvo el prestigioso premio a Mejor Novela de Ficción y Terror Psicológico en el Centro Cultural Palabras Convocantes de Mendoza.
Me detengo en este umbral donde el aire pesa de incertidumbre y el pulso me tiembla bajo la piel. Cargo el miedo como una herencia, una vibración sorda que me recorre el cuerpo, pero aun así elijo el movimiento. He decidido que mis raíces no se hundirán en la tierra de un jardín compartido, ni en el eco de una casa poblada por voces infantiles; mi hogar será el asfalto, el barro y el horizonte que se desplaza. Quiero que el frío me muerda el rostro y que el sol me agobie la espalda, quiero la intemperie total porque solo ahí, en el filo de la incomodidad, es donde se siente la vida sin filtros.
Ajusto las correas de mi mochila y el peso se siente como un ancla al revés, una que me permite naufragar a voluntad. Al dar este paso, no puedo evitar que la sombra de mi bisabuelo camine a mi lado. Él también lo dejó todo, pero lo hizo con el estruendo de la guerra pisándole los talones, huyendo del horror para buscar el silencio. Yo, en cambio, huyo del silencio para buscar el estruendo del mundo. Hay un hilo invisible que nos une: el despojo, la renuncia y ese instante sagrado en que se cierra la puerta de lo conocido para siempre. Él cruzó el océano para sobrevivir; yo lo cruzo para arder. Frente a mi destino, con el pasado guardado en el bolsillo y el mapa borrándose bajo mis pies, me entrego a la deriva de ser, simplemente, un caminante ante la inmensidad.
Una inmigrante moderna
Mirando fotos viejas, me pregunto cómo fue tu vida por estos lados. ¿Cómo fue tu infancia? ¿Dónde creciste exactamente? Había un jardín, o vivías en uno de esos departamentos con balcón. Todavía no encuentro tu casa, bisabuelo, pero sigo buscándola.
Hoy estoy acá, en Italia, en el lugar donde creciste, intentando reconstruir algunos recortes de tu vida, de lo que fueron tus primeros años. Tengo algo de información sobre vos y sobre la nona; el resto lo completo con mi imaginación.
Y es que, estando en este pueblo y viendo las fotos de cómo era todo hace 120 años, te juro que a veces siento que estoy allí: caminando por esas calles de tierra y adoquines, tocando esas paredes de adobe, respirando ese aire tan puro, que a veces se mezcla con un poco de olor a estiércol de caballo…veo a las mujeres pasear con esos vestidos tan largos y elegantes, en la calle hay muchos niños jugando, pues no existe el celular ni el internet en esos tiempos. Y entonces me pregunto: ¿cómo hiciste para dejarlo todo? ¿Cómo fue ese momento en el que decidiste embarcarte junto a tu prometida, cruzar el Atlántico y empezar de nuevo tan lejos de tus costumbres? Sin internet, sin videollamadas, sin saber qué pasaba del otro lado mientras estaban en guerra, esperando con ansiedad que llegara alguna carta… o que tal vez nunca llegarán. ¿Cómo hiciste, abuelito? ¿Cómo hiciste para ser tan fuerte?
Hoy soy yo quien decidió dejarlo todo, pero lo mío no se asemeja, ni de cerca, a lo que te tocó vivir a vos. Hoy viajamos en avión, con todas las comodidades. Con un simple movimiento del dedo podemos llamar a nuestros seres queridos, verlos por la pantalla, escuchar su voz. Y aunque no sea lo mismo que un abrazo cálido o compartir unos mates en el momento, al menos calma un poco la tristeza y la ansiedad de saber cómo sigue todo del otro lado.
La inmigración ya no es lo mismo, pero a veces el desarraigo sigue doliendo. Sin embargo, mirando estas fotos sé que algo de esa valentía y de esa fuerza con la que forjaste tu camino me acompañan en este viaje.
A nombre de: Melisa Victoria















